Pascua de misericordia

Pascua de misericordia

Desde el año 2000 y por iniciativa de San Juan Pablo II, la Iglesia celebra el Segundo Domingo de Pascua la Fiesta de la Divina Misericordia. Una invitación a vivir confiados en el amor infinito de nuestro Padre.

 

La Pascua es el tiempo de la Misericordia. El gran regalo del Padre que con su misericordia glorifica nuestra pequeñez a través de la Resurrección de su Hijo.

 

Una bendición que resignifica todo: el tiempo, el espacio, la muerte, la vida. Vida en plenitud, vida en abundancia, vida eterna. Así responde la Divina Misericordia al pecado del hombre, a su fragilidad, a la búsqueda de sentido. El Resucitado nos abre la puerta del Cielo, nos señala un camino de Luz. No se acaba en la Cruz, hay un después, detrás de la puerta, al final del camino. Todo terminará bien.

 

En la homilía de canonización de Sor Faustina, el Papa Juan Pablo II lo expresó en estos términos:

«La misericordia divina llega a los hombres a través del corazón de Cristo crucificado: “Hija mía, di que soy el Amor y la Misericordia en persona”, pedirá Jesús a sor Faustina (Diario, p. 374). Cristo derrama esta misericordia sobre la humanidad mediante el envío del Espíritu que, en la Trinidad, es la Persona-Amor. Y ¿acaso no es la misericordia un “segundo nombre” del amor, entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?»

 

El amor misericordioso del Padre impregnando nuestros corazones es la clave para vivir este tiempo pascual.  Amar y sabernos amados: una verdadera fiesta para el alma. Un amor que quiere ser expresado en obras de misericordia, un amor desprendido en la búsqueda constante de darse a sí mismo a quienes más necesitan el abrazo de Dios Padre.