
“¿Le puedo dar un abrazo?”
Autor: P. Juan Molina
Habíamos participado de la audiencia general de los miércoles desde una ubicación de preferencia. Tal como estaba previsto, aunque no me la creí hasta que llegó el momento, pudimos saludarlo.
Ahí me hice portavoz del grupo, naturalizando la excepcionalidad del momento.
La Virgen Peregrina en manos del Papa
Primero, le entregué una imagen de la Virgen Peregrina. Es —o era— una de las que llevamos en las misiones MTA, Totus Tus, Manus Mater y Quo Vadis (distintas misiones de Schoenstatt de Buenos Aires en las que cambia el perfil de los misioneros, pero no la esencia: acercar a Jesús a través de María llevando estas extensiones del Santuario). La misión, como corazón de Schoenstatt. La Mater, nuestra identidad. En algún sentido, era bien representativo de la delegación argentina de las juventudes de Schoenstatt. El Papa identificó rápidamente la imagen y la recibió con agrado (aun cuando no sabemos qué será de ella). “Es la primera foto de León XIV con la Mater”, anotó uno.
El abrazo inesperado
Seguido a eso, di un paso más que no estaba del todo previsto. Si lo pensaba mucho, no lo hacía. Me faltaba algo. Nos había estado faltando algo en estos días. Por eso, me dejé llevar. “¿Puedo darle un abrazo?”, le pregunté con respeto y, sin esperar una respuesta formal, me lancé a un respetuoso abrazo de unos segundos. Las fotos reflejaron una mezcla de alegría, sorpresa y esa comodidad. “Lo francisqueaste”, me escribió uno por WhatsApp. “No difundan mucho la foto”, me sugirió otra, sin terminar de entender la razón. Yo todavía no caigo, y estas líneas son un intento para lograrlo. No me la creo.
Más que un gesto
En ese abrazo quería decir que la autoridad del Papa y el respeto que me merece no pueden ser sinónimo de frialdad, de relación meramente protocolar o de distancia. Sueño con una Iglesia familia. Y la Mater, como nos pasa cada vez que misionamos, es la carta de presentación para el vínculo. Schoenstatt es familia y su misión es la de los vínculos ¡también con y para el Papa!
Abrazar a Pedro, la Iglesia y a Francisco
En ese abrazo quería abrazar al Papa nuevo, pero también, en su persona, abrazar a Pedro, abrazar la Iglesia y al antecesor de León, nuestro Francisco. En Pedro, la sucesión y las raíces de nuestra Iglesia que nos unen a Jesús. Me encantaría que mi entrada al cielo, por misericordia de Dios, también empiece con esa pregunta dirigida a Jesús. Por otro lado, abrazar la Iglesia porque, cada vez con más fuerza, voy experimentando ese arraigo, ese sentido de pertenencia, ese orgullo y esa misión. Este Jubileo de los jóvenes, una nueva confirmación. Finalmente, abrazar a Francisco porque, en sus más de diez años de Papa, yo nunca lo pude ver y, honestamente, a principios de este año tenía la ilusión de que este viaje jubilar fuera la ocasión de hacerlo.
Un abrazo que lleva a muchos
En mi abrazo, también me hice cargo del gran cambio de mi vida que me ocurrió desde mi ordenación sacerdotal: mi ser está unido a otros, ya no me pertenezco. Soy multitud. Por eso, en mi abrazo iba todo el grupo, a quienes me sentiré unido para siempre gracias a estos días compartidos con singular cercanía, alegría, profundidad y diversión. En mi abrazo también estaba todo Schoenstatt, especialmente mi comunidad, la gloriosa JM Argentina y las familias de los santuarios de San Isidro y de mi querido Confidentia, bien representados en esa bandera. En mi abrazo iban los colegios donde estoy, especialmente aquellos que se bancaron mi ausencia para poder estar ahí. En ese abrazo, el saludo de muchos creyentes que, sin esperar tanta literalidad, me habían dicho “saludos a León”.
Sospecho que el Papa León no captó esta densidad. Al final de cuentas, solo fue un abrazo. Y, como lo dicen mis caras, me encanta que así haya sido. Lo del abrazo se cuenta solo.






