
Schoenstatt, un lugar donde María sigue manifestándose
Autor: P. Santiago Ferrero. Director Nacional del Movimiento Apostólico de Schoenstatt Argentina
Un nuevo 18 de Octubre de 1914, en tierras chaqueñas
Las promesas de Dios se cumplen. Los sueños de Dios contienen en sí mismos la fuerza de su realización. Así se vivió en el Chaco la fuerza fundacional del 18 de Octubre, cuando la Familia de Schoenstatt celebró con inmensa alegría la bendición del Santuario “Terruño de la Esperanza”.
Introducción. El tiempo de Dios, el tiempo de la gracia
Las promesas de Dios no se someten a la prisa, pero siempre se cumplen. Custodiarlas, sostenerlas con paciencia y fe es la condición para que florezcan. La comunidad chaqueña, en comunión con toda la Familia de Schoenstatt de Argentina, regaló días de profunda alegría, pero también de hondura espiritual: su historia se transformó en misterio revelado, en nueva página de la historia de gracias de Schoenstatt.
Cada celebración en nuestra Familia —jubileos, aniversarios, acontecimientos— no es una fiesta más, sino un kairós, un momento en el que Dios abre una puerta y nos permite entrever algo de su misterio. Así ocurrió en esta dedicación y bendición del nuevo Santuario, verdadero signo de esperanza. El camino de preparación elegido fue un Triduo, pensado como atrio espiritual, donde la Familia entraba paso a paso al lugar santo y se disponía para la llegada de la Mater.



El inicio. Somos herederos del Padre y de su misión
El lema del primer día (viernes 22 de agosto) fue: “Padre, tu Alianza, nuestra misión”. Como María, la Familia rezó: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”. Saberse depositarios de una promesa y de una herencia, y disponerse a recibirla, es condición para la misión.
En Argentina, el “Cáliz de la promesa” (que el P. Kentenich regaló a San Pablo VI cuando este dejó sin efecto los decretos que pesaban sobre él tras el Concilio Vaticano II) está peregrinando en este tiempo por los distintos Santuarios y diócesis. Y fue providencial que justamente el 22 de agosto, día de María Reina, llegara al Chaco para inaugurar estos días de fiesta.
Ese signo expresaba con fuerza una de las motivaciones profundas de la Familia chaqueña: regalar el Santuario a la Iglesia. Desde el inicio, no construían algo solo para ellos, sino algo que querían ofrecer como don. Abrir nuestros Santuarios a la Iglesia es la mejor manera de actualizar el ofrecimiento de nuestro Padre, que tan bien simboliza el cáliz. En nosotros se actualiza esa promesa.
El padre Pablo Pol expresó perfectamente lo que serían esos días: “Vamos a experimentar este fin de semana lo central nuestro. Vamos a estar tocando el carisma”. Esa misma noche la Juventud de Schoenstatt renovó su Alianza de Amor y cantó alrededor de una gran fogata. El fuego de los primeros congregantes se hacía presente en el inicio de la fiesta.
En esta herencia confluía también la hermosa tradición de santidad de la Iglesia argentina, con la presencia de las reliquias de tres grandes santos: San José Gabriel Brochero, el Cura Gaucho; Santa Mama Antula, madre espiritual de la Patria; y el Beato Ceferino Namuncurá, que como los primeros congregantes mostró esa radicalidad de fe juvenil y ese amor a la Santísima Virgen. Sus reliquias serían colocadas en el altar del Santuario.
El desarrollo. Allí donde está la Reina, se forja la Familia
El lema escogido para el segundo día era: “María, Reina de nuestra Familia”.
Esa madrugada, la lluvia y el viento despertaron a muchos con la preocupación de qué sería de la fiesta. El terreno, ya saturado de agua por las lluvias anteriores, se había convertido en una verdadera laguna; las sillas estaban salpicadas de barro; las decoraciones, vencidas por el viento; y el lugar previsto para la Misa aparecía completamente anegado.
La tentación al desánimo fue fuerte. Pero la Familia chaqueña hizo lo que sabe hacer: se arremangó, se calzó las botas de lluvia, se organizó, trabajó unida y ofreció con generosidad su capital de gracias. Bombas de desagote, camionadas de arena, manos firmes, fe confiada: poco a poco el lugar fue transformado.
El misterio de Schoenstatt se mostraba en el corazón de su celebración: esa colaboración humano-divina que se da en el encuentro de libertades, que no tiene rasgos pelagianos de causa-efecto, sino que es audaz y llena de fe, convencida de que la Mater coronará el esfuerzo humano con lo que solo Ella puede dar. Creemos en la mediadora universal de gracia.
Y llegó la hora. El cuadro de la MTA recorrió las calles de la ciudad, entró al barrio siendo portada a pie y finalmente llegó al predio. Fue recibida con emoción, como signo de que Ella aceptaba el esfuerzo de sus hijos y con gusto se establecía en medio de ellos. Ese día quedó grabado en la conciencia: donde María es Reina, surge la Familia. La Alianza de Amor nos hace trabajar juntos, nos vuelve eslabones de una gran cadena de historia, nos convierte en Familia para la misión.
He aquí una vivencia profunda y contundente de lo que en Schoenstatt llamamos Capital de gracias; justamente el día en que estaba previsto que cada rama ofreciera en la Misa sus capitalarios. ¡Madre, quieres mi trabajo; aquí estoy!
En la homilía de ese día, utilizando las figuras de María e Isabel en la visitación —María como el cumplimiento de las promesas que corre hacia atrás, a llevar la feliz noticia a Isabel, que representa a todos aquellos que creyeron y esperaron—, honramos a todos aquellos que se jugaron por el Santuario y que se unían a la fiesta desde el Cielo.
La culminación. La Virgen María toma posesión de su Santuario
El tercer día culminó la travesía con el lema: “Santuario, Terruño de la Esperanza”.
La liturgia, presidida por el arzobispo Ramón Alfredo Dus, unió el cielo y la tierra. Los gestos de la liturgia nos regalaban una atmósfera sobrenatural: letanías de los santos, colocación de las reliquias, unción del altar y los muros del Santuario, el incienso que se elevaba al cielo y los cirios que se encendían mostraban que Dios habitaba el Santuario.
La coronación de la fiesta llegó cuando, entre campanadas y profunda emoción, vimos a la Mater avanzar, llevada por las distintas generaciones de la Familia hasta el nuevo Santuario, donde sería finalmente entronizada. El cuadro de la MTA, presentado al pueblo por el arzobispo, fue colocado en el retablo por Juan Cruz Colombo, seminarista de los Padres de Schoenstatt e hijo de la Familia chaqueña. En ese gesto, todos le decíamos a la Mater: “Establécete aquí y reina sobre nosotros”.
Ese instante fue vivido como un nuevo 18 de Octubre de 1914. El tiempo cronológico se unió al tiempo de la gracia. María tomó posesión del Santuario y una atmósfera de cielo lo cubrió todo. La promesa llegaba a su cumplimiento: el Santuario estaba levantado en el Chaco, se alzaba en un día radiante de sol y, con la fuerza del amor, nos tendía un puente hacia el Cielo, hacia Dios.
Epílogo. Con María, todo comienza de nuevo
Desde aquella tarde, una ininterrumpida peregrinación se acerca al Santuario: unos con curiosidad, otros trayendo sus dolores y alegrías; algunos en busca de consuelo y una palabra de aliento, otros buscando un hogar desde donde volver a empezar.
En lo secreto de lo cotidiano, todo ha cambiado para siempre: ahora María está aquí, y desde su Santuario reparte sus gracias. Schoenstatt sigue siendo ese lugar donde Ella quiere manifestarse.
Desde nuestros Santuarios, María quiere entregarse al mundo. La historia continúa: Dios sigue escribiendo, a través de nuestra libre colaboración, en Alianza con María, páginas nuevas en su gran historia de amor y salvación.










