La mujer

Autor: P. Guillermo Carmona

¿Quién se preocupará por los miles de niños maltratados y abandonados de las mega ciudades? ¿Quién tendrá tiempo para escuchar y visitar al necesitado? ¿Quién le dará una mano a los que están solos y han perdido el sentido de la vida? ¿Quién desacralizará a los dioses del poder, la política y la cibernética fría? ¿Quién hará de puente entre el individuo y la comunidad? ¿Quién irá más allá de la razón y llegará a la experiencia del ser? ¿Quién nos sabrá escuchar? ¿Quién le proporcionará al mundo un carácter familiar? ¿Quién se preocupará del que no cree y está desesperado? ¿Quién nos recordará las necesidades de los verdaderos amigos de Jesús: los pobres, los niños y los enfermos? ¿Quién nos recordará al Gran Samaritano que ayuda a los que caen entre Jerusalén y Jericó? ¿Quién nos enseñará que la fidelidad y las promesas se prueban a la hora del sacrificio del Calvario?

La mujer “brinda a la realidad una nota personal”, solía afirmar el Padre Kentenich. Su estructura personal defiende y previene en medio de una sociedad unilateralmente orientada a lo técnico y a lo racional, que olvida lo humano y concreto. Porque la mujer “se encuentra con ella misma en la medida en que se da” (P. José Kentenich). La mujer está llamada a recordarnos que la defensa del más necesitado, del pobre y del marginado es tarea de todos. Confiar, amparar y estimular son tareas imprescindibles en un mundo que azuza tanto el narcisismo como al egoísmo competitivo.

La mujer y el varón son iguales en su ser creacional, su dignidad, responsabilidad, redención y relación mutua. Sin embargo, el varón y la mujer tienen formas diversas de expresar su identidad: el ser humano no es unisex. Esa diferenciación tampoco es un convencionalismo, fruto de un proceso cultural, sino que exige de la sociedad respeto a la identidad psico-somático-espiritual.

Qué lejos está de nuestra idea la concepción no cristiana de la mujer. Desde Platón, que agradecía al cielo haber nacido libre y no esclavo, varón y no mujer, pasando por el Budismo, que concibe a la mujer como una “maya”, una ilusión y apariencia engañosa, hasta Kierkegaard: “¡Qué desgracia es ser mujer y la mayor desgracia es no percibirlo!”; hasta la lista de mitos y prejuicios –de todos los colores y bandos– sobre la condición de la mujer sería interminable. Las corrientes feministas no nacieron porque sí.

Este es uno de los aportes más importantes y originales de Schoenstatt: despertar una conciencia de los sexos y de su misión original, tal como Dios la pensó. Quizás la última razón hay que buscarla en la cercanía de Schoenstatt a la Virgen. Toda mujer tiene una apertura más inmediata y espontánea a lo espiritual. La frase de Dante: “Yo miraba a Beatriz y Beatriz miraba a Dios”, lo testifica. Ella tiene una mayor aptitud para unir el amor humano con el amor divino. Por eso la mujer tiene derecho a espejarse en María. Ella también colabora con Cristo en nuestra salvación: “estrella matutina” la llama la liturgia, es decir, la que nos trae a Cristo. Ella compendia la creación y mantiene una actitud expectante frente al creador. Este milenio necesita del Redentor; por eso precisa que la Mujer acerque al ser humano a su redentor. Decir mujer es, ante todo, decir María, la mujer por antonomasia.

 

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