De nostalgia y desencuentros
admin | Lunes, enero 16th, 2012 | No Comments »
MISIONES FAMILIARES, José María Sanguinetti. Santa Ana está en el mapa, cuesta encontrarla pero esta ahí, cerquita de Concepción en Tucumán. Los kilómetros previos el paisaje impacta con la abundancia de su verdor y las alturas del Aconquija con algo de nieve. El calor es intenso, no da respiro, la humedad es agobiante y la historia de Santa Ana respeta ese agobio y esa intensidad.
Pensamientos sobre la Misión Ignis Mariae – Santa Ana 2011/12
Un pueblo en ruinas o ruinas en un pueblo, cuesta saber que fue primero pero basta con recorrer sus calles, ver algunas fotos, escuchar algunas voces y observar para descubrir lo que fue antes de este presente polvoriento, de edificios abandonados y de personas libradas a su suerte.
Como el desorientado Gil de Woody Allen paseando por el París de los años 20 la gente de Santa Ana tiene una nostalgia por aquello que una vez fueron pero creo que la realidad es más cercana a lo que canta Drexler: “a veces se añora en la vida algo que nunca llegó a pasar”. Esa es la nostalgia que se respira en el pesado aire estival de Santa Ana una añoranza de algo que nunca fue pero que podría haber sido, un desencuentro con el destino. Como dice Sabina “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”.
Un símbolo del desencuentro
Esta nostalgia es fruto del desencuentro. De aquel ingenio azucarero modelo de principios de siglo XX fruto del empuje de un francés (y de sus privilegios políticos) que llego a tener miles de empleados, ferrocarril, un sistema de provisión de agua ejemplar y mil quinientas hectáreas de caña hasta la quiebra (en manos de sus herederos), la adquisición por parte del estado, su cierre y posterior derrumbe progresivo. De los mitos que giran en torno a su historia (el “familiar”, duendes y posesas) a la resistencia al cierre por parte de sus pobladores. De las idas y vueltas de las vidas, los colores de las casas y los muebles de antaño que hablan sin decir palabra. Santa Ana es un símbolo del desencuentro de una patria de desencuentros: entre el gobernante y el gobernado, entre el rico y el pobre, entre la izquierda y la derecha, entre el patrón y el obrero, entre la Iglesia y su pueblo. Y en el medio de estos desencuentros quedan las vidas, las familias, las historias de aquellos que apenas sobreviven entre el calor, la humedad y el olvido. Una historia de desencuentros que fue capaz de “levantar las vías del ferrocarril”, de ir hacia atrás. Los frutos del desencuentro los veo en la calle a las 9 y media de la mañana con los borrachos hablándome, otros los ven en la Terminal con los jóvenes drogándose, otros con las luchas entre barras o en las ruinas de las escuelas construidas hace menos de veinte años. Pareciera que lo nuevo en Santa Ana se torna ruina y abandono.
Al encuentro del otro
Con esa nostalgia y desencuentros nos desayunamos en la misión. Allí estaban los jóvenes, hermanas y sacerdotes intentando dar una respuesta que permita salir de esa nostalgia y mirar hacia delante; tarea difícil si no llevan ayuda material ni promesas por cumplir. Difícil cuando sólo se trata de estar, de mirar a los ojos, de escuchar, cada tanto decir una palabra de aliento y rezar juntos.
Santa Ana se dejó inundar durante una semana por estos jóvenes llenos de entusiasmo, que cantan hasta quedar afónicos, que sonríen permanentemente y que se dan como son tratando de avivar el fuego de la fe a través de la esperanza; que van al encuentro del otro y su historia sin querer cambiarla, sin juzgarla, respetando y sobre todo con una mirada llena de amor, de misericordia y de optimismo.
Así es que cientos de remeras con la imagen de María circulan entre las casas, entre las historias, entre la frustración de algunos, la adicción de otros, el trabajo de muchos y el olvido de los gobiernos. Allí donde sólo queda aguantar los misioneros quieren que María reine, para que aquellos que los ven “la vean a Ella”.
