“Padre, condúcenos hacia una cultura de Alianza”
admin | Miércoles, junio 22nd, 2011 | No Comments »
P. Alberto Eronti. El año pasado escribí en un artículo, que toda la Familia debería caminar hacia el Jubileo del primer siglo schoenstattiano de la mano del Padre de la Familia. ¿Por qué?, porque queremos cumplir su mandato: “Cada generación está llamada a refundar Schoenstatt”.
El Padre decía que “cada generación es hija de su tiempo”, por esto es necesario que pase por su corazón el carisma de Schoenstatt y lo enriquezca con sus propios aportes. Así, generación tras generación, Schoenstatt va respondiendo al tiempo, se va afirmando y enriqueciendo, se va manifestando como gracia y bendición en la Iglesia y en la comunidad social.
Pero esto no es posible sino en comunión leal con el portador del carisma. Es como si se nos invitara a “meternos” en el Padre, a llevar un intenso diálogo con él, para concluir con y como él cuál es el aporte de Schoenstatt a la Iglesia y a la sociedad en el inicio de la segunda centuria.
Cuando el Padre Kentenich fue ordenado sacerdote y comenzó su trabajo pastoral, Europa –y por lo tanto Occidente- se estaba conmoviendo en sus cimientos. Eran movimientos de desintegración, el final de un largo proceso que caminaba hacia un nuevo comienzo. Nuestro Padre percibió esos movimientos con inusitada lucidez. A esta capacidad suya la llamamos “profética”.
Se trata de un don sobrenatural que permite leer en lo más profundo de los hechos que se producen en el tiempo, develando su sentido y sus exigencias para los discípulos de Jesucristo. El don profético supone dos partes o momentos: 1º percibir desde Dios y diagnosticar las fuerzas positivas y las negativas del tiempo. 2º Saber responder impulsando lo positivo y afirmando las fuerzas que pueden sanar lo negativo.
El joven Padre Kentenich percibía todo esto y buceaba en los acontecimientos del tiempo. A la par se realizaba su nombramiento de “Director Espiritual” del seminario pallotino. Esto fue un hecho providencial. En el contacto con aquellos jóvenes, percibió en sus almas el impacto que producía en ellos lo que estaba ocurriendo en Europa.
Los jóvenes recibían en su interior –“el microcosmos”– los impactos: del tiempo, el “macrocosmos”. El Fundador se preguntó entonces cómo educar, cómo preparar a esa Juventud para que las conmociones futuras no les vencieran arrastrándolos hacia la desintegración creciente.
La primera propuesta la conocemos como el “Acta de Prefundación de Schoenstatt”. Todo el Documento es importante, pero la frase central es sorprendente y reza así: “Bajo la protección de María, queremos aprender a educarnos a nosotros mismos, para llegar a ser personalidades recias, libres y sacerdotales” (Acta de Prefundación, Nº 5).
Esta frase guarda en sí, la totalidad de la percepción profética del Padre Kentenich: se trata de la alianza entre la gracia y esfuerzo del hombre, entre la acción sobrenatural y la acción humana. Aquí ya está contenido lo que más tarde llamaremos “la espiritualidad de alianza”. En esta frase se percibe la “clave” fundamental de lo que será la espiritualidad, la pedagogía y la misión de la Familia de Schoenstatt.
A las fuerzas de separación y desintegración (pensar inorgánico, le llamará más tarde), él propone unidad e integración.
Integración de la persona consigo misma, por lo que apuesta al auto-conocimiento y la auto-educación.
Integración de la persona con lo sobrenatural, vivido “bajo la protección de María”.
Integración con los otros y la creación, formulado como: “queremos aprender” y “la auto-educación es un imperativo del tiempo”.
Se trata de una Alianza unida a un lugar. No es un “carisma en el aire”, es un carisma arraigado y ofrecido en un lugar: el santuario.
Integración es la palabra clave, la que encierra la respuesta a la desintegración. El alma de la integración es el amor, la alianza de amor.
Una alianza de amor que comenzará siendo entre María y los congregantes, y que se desarrollará hasta proponer lo que llamamos “una cultura de alianza”.
¿Por qué María? Porque María es la única creatura totalmente integrada. Integrada consigo misma, con Dios, con los demás, con la creación. Es esta integración a la que hace referencia al primer dogma mariano: la Inmaculada Concepción. María en su ser Inmaculada es la Humanidad rescatada, re-integrada; es el mundo redimido, mundo que brilla en ella como belleza y armonía, orden y paz.
Hay que señalar que la redención nos es dada por el Hijo de Dios hecho Hombre, pero la realización plena de la redención a nivel humano, se ha dado tan sólo en la más hermosa creación de Dios: María. Ella se nos revela como la Mujer hija, esposa y madre.
Pero el Padre de nuestra Familia no sólo señala lo sobrenatural: “Bajo la protección de María…”. También señala lo horizontal. Lo hace en las dos dimensiones básicas del orden natural del ser humano: la relación consigo mismo y con su entorno, esto es con las personas y con la creación.
De ahí que las palabras: “…aprender a educarnos a nosotros mismos…”, es una opción personal e irreemplazable. Es, nada más ni nada menos, que el cumplimiento de lo que Jesús llama un mandamiento “semejante al primero: …amarse a uno mismo”. Se trata, por así decirlo, de sellar una alianza de amor con uno mismo. Una sana alianza para un sano amor y una plena realización como persona. El fruto es: el hombre y la mujer integrados.
Pero el hombre no es una isla, vive en comunidad y ha de aprender a vivir en ella. Es así, que el Padre propone su modo de pensar y actuar orientándonos en la dimensión comunitaria: “Queremos aprender. Por lo tanto, no sólo ustedes, sino también yo. Queremos aprender unos de otros…” (Acta de Prefundación, Nº 6). Nos señala el valor, la importancia radical de los demás en la educación de cada uno.
Faltaría agregar, y el Padre Kentenich lo hace de hecho, lo que hoy llamamos ecología. Esto es el trato con lo creado.
¿Percibimos en lo que hemos dicho las bases de para vivir y crear una “cultura de alianza”? Alianza de amor con María –como representante del mundo sobrenatural- alianza de amor conmigo mismo, con los otros y con la creación, esto en el plano natural.
La “cultura de alianza” presupone como base la integración de lo natural y sobrenatural, del cuerpo y el espíritu. No es el hombre ni el plano natural la garantía de la “cultura de alianza”, sino Dios.
Dios es un Dios integrado, Tres Personas que son Una. El misterio de la Trinidad es la fuente de toda integración. La Trinidad es la alianza perfecta: Tres que en el Amor que se regalan son Uno.
Si pasamos ahora al Documento que llamamos “Acta de Fundación”, veremos que la expresión “auto-educación”, es incluida en una dimensión superior, sobrenatural: santificación.
Leemos en el texto: “Aceleración del desarrollo de nuestra propia santificación…” (Acta, “Programa”).
¿Por qué “aceleración”?, porque los tiempos se aceleran y por lo tanto hay que responderle de una manera proporcional. En un tiempo de desintegración, de masificación, de relativismo y de la pérdida del sentido de lo sagrado, no se pude responder con la mera voluntad natural, no alcanza. Hay que recurrir con total radicalismo a las fuerzas divinas.
En el nacimiento de Schoenstatt el Padre Fundador no sólo señala la “santidad”, sino “la santidad para”. Santidad para transformar. ¿Transformar, qué?; transformar “nuestra Capillita en un lugar de peregrinación”, lo que supone “inducir a nuestra Señora y Soberana a que erija aquí su trono de manera especial, que reparta sus tesoros y obre milagros de gracia”.
He aquí que la “cultura de alianza” tiene casa, el santuario; tiene lugar, el Valle de Schoenstatt; tiene nombre que es todo un símbolo, Tabor.
Esta “santidad” es vida, y la Virgen nos dice dónde y cómo vivirla. El “donde” es la vida diaria. ¡La vida!, ¡mi vida!, ¡nuestra vida de hijos e hijas de Dios, de esposos y esposas, de padres y madres de nuestros hijos, de forjadores y forjadoras de la sociedad mediante el “cumplimiento fiel del deber de estado”.
Sin duda que recuerdan la expresión del Padre Fundador en una carta que, desde el exilio, escribiera a un sacerdote alemán que trabajaba en Chile: “He recorrido parte del mundo rastrillando, para encontrar aliados para la misión”.
También nosotros hemos “sido enganchados por el rastrillo del Padre”. Nos “enganchó” en su rastrillo de jardinero para que le ayudemos a realizar su misión, que no es otra que la misión de la Santísima Virgen para el tiempo actual.
Es la Misión de la Inmaculada, porque es una misión para y por la integridad perdida. Es más, no se puede hablar de “Cultura de alianza” si no se habla de María, si no se habla de la alianza de amor con María en el Santuario. Pero tampoco se puede hablar de “cultura de alianza” si no se habla de la mujer, del rol protagónico esencial de lo femenino en la Iglesia y la sociedad para el tiempo actual. El hogar es la cuna primera y esencial de la “cultura de alianza”. La mujer es esencialmente cuna. Cuna del hombre.
Esta verdad es la que les señala el ámbito primero en el cual construir la “cultura de alianza”. Luego vienen sin duda otros ámbitos, son todos aquellos lugares donde estamos presentes. Pero esta cultura necesita del “eterno femenino” y se plasma en el hogar familiar.
La “cultura de alianza” es como el bordado de un enorme mantel: lleva mucho tiempo confeccionarlo, exige paciencia y dedicación. La belleza del resultado final tiene como base una enorme inversión de tiempo y amor, de amor y tiempo.
Cuando el Padre Kentenich afirmaba que “el universo de la Inmaculada es la tierra madre en la que nació Schoenstatt”, nos estaba diciendo que sólo en María y con María puede Schoenstatt colaborar en la formación de un mundo nuevo. Mundo que comienza en cada uno de los hijos de Schoenstatt y se extiende hacia sus familias, la Familia y “más allá” y nos hace como el Padre, creadores de una nueva cultura para un mundo nuevo.
La conocida expresión: “Schoenstatt, corazón de la Iglesia; para que la Iglesia sea alma del mundo”, nos está señalando la importancia del lema: “Padre, condúcenos hacia una cultura de Alianza”.
Quedamos en esto…
Tomados de la mano del Padre
Queremos vivir este peregrinar hacia el Jubileo del 2014, de la mano del Padre. Don Joao Luis Pozzobon lo formuló muy bella y filialmente: “Quiero ser un pequeño alumno en la escuela del Padre Fundador”. ¡Esta es la actitud que ha de acompañarnos a lo largo de estos años jubilares y de toda la vida!
¿Cómo entender esta “bi-unidad” entre el Padre y nosotros? Querría que el mismo Padre nos lo explicara y que ustedes dedicaran tiempo para profundizar sus palabras. Leamos atentamente lo que nos dice.
(1912) “Me pongo, por lo tanto, enteramente a su disposición, con todo lo que soy y tengo; con mi saber y mi ignorancia, con mi poder y mi impotencia, pero, por sobre todo, les pertenece mi corazón”.
El Padre se ofrece para estar totalmente a nuestra disposición. Se ofrece con todo lo que es y tiene. Este todo incluye “sobre todo mi corazón”.
Nos invita a entrar en su corazón de Padre. Recuerdo cómo me impresionó cuando, en mi primer encuentro con él, me dio una foto suya en la que escribió al reverso: “Tecum sum in aeternum”.
Las mismas palabras se las escribió a otros hijos espirituales. ¿Qué quiso decir cada vez que lo hizo?: “sobre todo te pertenece mi corazón”. Es una manera de decir: te quiero.
(1935) “La obra que ha surgido de aquí es, al mismo tiempo, obra de todos los que han colaborado conmigo. No se puede pensar en mí sin pensar en ustedes”.
“Pienso en todos los que los que en el transcurso de estos años han unido su destino con el mío (…) ésta es mi convicción: toda la obra que ha surgido es, en igual forma, tanto obra de ustedes como mía”.
“…me importa mucho que nos sintamos interiormente entrelazados unos con otros, tal como lo ha querido el Dios Uno y Trino desde la eternidad (…) Nuestra fidelidad recíproca se hará tanto más profunda y vigorosa cuanto más claramente percibamos la forma singular que Dios ha entrelazado la vida y el destino de cada uno…”.
“Debo confesarles que ustedes mismos han ejercido una influencia extraordinariamente fuerte en mi propio desarrollo personal”.
“…ustedes pueden decirse a sí mismos, todos ustedes,…: Sin mí, él personalmente no hubiera llegado a ser lo que es hoy día”.
Creo que cada una, cada grupo y rama diocesana debiera “entrar” en el contenido de estas palabras del Padre.
También a cada uno nos pide que le digamos: “Sin mí, él personalmente no habría llegado a ser lo que es hoy día”.
El carisma y la misión del Padre de la Familia, se realiza en la medida que se produzca un intercambio de corazones, un profundo vínculo afectivo. La afectividad bien entendida es el motor de la efectividad de la misión.
Escuchemos cómo lo sintió y vivió el Padre a lo que acabo de decir:
(1949) “La Santísima Virgen nos ha regalado el uno al otro. Queremos permanecer recíprocamente fieles: el uno en el otro, con el otro, para el otro, en el corazón de Dios (…) Yo no quiero ser simplemente un señalizador en el camino. Estamos el uno junto al otro para encendernos mutuamente. Nos pertenecemos el uno al otro ahora y en la eternidad… ¡Es este el eterno habitar del uno en el otro y con el otro propio del amor!…”.
El habitar en el uno en el otro supone un lugar común. Este lugar lo conocemos: es el corazón.
(1935) (Con motivo del 25º aniversario de su ordenación sacerdotal, agradece también a “las generaciones futuras”). “Quiero agradecer asimismo a los que aún no viven, a los que vendrán. Porque, ¿qué será de Schoenstatt si las generaciones futuras no están colmadas y encendidas por este mismo espíritu que nos anima? En la Familia debería ser ley perpetua, que cada generación reconquiste Schoenstatt para sí. Agradezco a las generaciones de los siglos venideros por la labor positiva que puedan desarrollar; pero si no hay tal colaboración positiva nos encontraremos ante la ruina de la Familia. En efecto, si Dios no nos da hombres que en cada nueva etapa histórica trabajen con los mismos medios, con los mismos objetivos y por el mismo camino, la Obra será flor de un día, será efímera. Que Dios, que hasta ahora nos protegió, y que la Santísima Virgen, que hasta ahora nos cubrió con su manto, derramen sus gracias y su bondad sobre nosotros; que por nuestra fidelidad en la transmisión de los bienes heredados a las generaciones futuras, ellos nos regalen en cada época venidera hombres que entreguen sus vidas por Schoenstatt. Desde aquí quiero agradecer cordialmente a esas generaciones”.
(1950) (Hablando del “Jardín de María”) “¿Saben lo que se generó después? Un entrelazamiento de destinos extraordinariamente fuerte (…) Una alianza de amor de unos con otros, una alianza viva, profunda, eficaz”.
Fuente: Vínculo, Chile